• Texto y Foto: Mayra P. Cuautle.

Entre Francia y México (segunda parte)



En el anterior artículo escribí sobre algunos cambios a los que me afronté cuando llegué a Francia. Durante mi proceso de adaptación a una nueva sociedad hubo una lista interminable de cosas que tuve que aprender, que tuve que modificar o adaptar. Por ello, me parece interesante compartir otras cuatro situaciones a las que me afronté cuando llegué a este nuevo país. Algunas me parecían sorprendentes pero después de 1 año ya son muy “normales”.




1. El agua


En México, existen dos formas para consumir agua potable, la primera es contar con un purificador de agua en casa y la segunda es comprarla embotellada, ya sea en presentación pequeña o en garrafón de 20 litros. En cambio en Francia, el agua potable se obtiene directamente del grifo sin necesidad de aplicarle algún instrumento. Uno puede consumir toda el agua que quiera desde cualquier grifo de casa o de la escuela y en los lugares más concurridos existen fuentes de agua potable públicas. Al principio para mí fue una sorpresa pues tenía muy marcada la idea de que era imposible tomar agua directamente del grifo, me generaba desconfianza. Me parece algo increíble porque se asegura el acceso gratuito al agua potable para cualquier persona y al mismo tiempo se evita el gran problema de la generación de plástico. Poco a poco me he acostumbrado a tomar agua directamente del grifo, aunque he de confesar que aún queda en mí una parte de desconfianza.


2. Las papas


Las papas en Europa son todo un tema y Francia no es la excepción. No he visto una gran variedad como para compararla con Perú, pero su utilización sí es muy grande. La mayoría de los platillos clásicos, sobre todo aquellos de invierno tienen papas y queso, podríamos hablar de la raclette, la Tartiflette, el alligot o la pizza, sin olvidar las clásicas “papas a la francesa”. Existe una controversia sobre el origen de estas delicias, algunos las sitúan en Francia y otros en Bélgica, tanto que estos últimos han buscado registrarlas como patrimonio de la humanidad ante la UNESCO. Lo que es seguro es que son todo un tema y se sirven junto a la mayoría de platillos, por ejemplo, los cortes de carne se acompañan de papas fritas, los sándwiches* y los kebabs. Asimismo, existen platillos clásicos que no pueden concebirse sin ellas, como las moules-frites. Por otro lado, a diferencia de México, las papas fritas suelen aderezarse con mayonesa y no sólo catsup.

*Los sándwiches son otro gran tema, pues aquí se utiliza ese nombre para definir a cualquier baguette rellena de vegetales, pollo o carne. La versión del sándwich “americano”, hecho con pan de caja no es tan común.

3. ¡No hay fonditas!

En el anterior artículo hablaba de que no había una gran oferta de comida callejera y que salir a los restaurantes no era algo muy rentable. Algo de lo que más extraño son las fonditas, en especial la de Guille (allá por Azcapotzalco), donde uno podía conseguir una comida completa de calidad y con un sabor casero, por un precio realmente bajo. Lo más similar a ello, serían las “cantines”, es decir, los restaurantes escolares o empresariales. En ellos se ofrece una comida completa que incluye entrada, plato fuerte y postre, por un precio relativamente bajo, por ejemplo, en mi universidad cuesta 3,60 euros tanto para estudiantes como para empleados, y debido a la pandemia, se decidió bajar el precio a 1 euro para todos aquellos que cuentan con una beca. El menú varía todos los días, por lo que uno no se aburre, además de que está bien

pensado y representa una comida equilibrada. También existe un área para los vegetarianos y la sección de grill, donde se ofrecen en su mayoría carnes con papas fritas.


4. La cultura del postre


Cuando recién llegué, algo que me sorprendió bastante es que en cualquier panadería, vendían una gran variedad de postres, que van de lo más sencillo como una natilla hasta lo más elaborado, como un pastel de diferentes sabores y glaseado. Todos ellos se ofrecen en versión pequeña y en la mayoría de establecimientos tienen el mismo precio, sin importar el proceso de elaboración. En las vitrinas de las “boulangeries” se observan mousses, tartas, hojaldres, macarons, eclairs, choux, arroz con leche y panna cottas, que han sido elaborados con la delicadeza francesa, en cuanto a sabores, texturas y colores. A pesar de ser una versión pequeña, cada uno de ellos está bien pensado y decorado, lo que provoca que se antojen pero que al final no te lo quieras comer. Francia es conocida por sus técnicas culinarias que se aplican a la perfección a la pastelería, pero al mismo tiempo este éxito se debe a que en cada comida o cena, no pueda faltar un final dulce.

Poco a poco me he ido acostumbrando es estos cambios y a veces me encuentro con que ya los he adoptado en mi vida. Ya sea que nos movamos por unos meses o por años, como migrantes siempre nos encontramos en una especie de “círculo” sin un sentido preciso, donde avanzamos para integrarnos a la nueva sociedad pero que al mismo tiempo cargamos con lo que nos ha enseñado la sociedad de partida. Son esos “ires y venires” los que permiten que uno se identifique de aquí o de allá. ¿Ustedes a qué cambios se han enfrentado cuando cambian de lugar de residencia?

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