• Texto y Foto: Irene Vázquez Gudiño

¿Vamos al mercado?

¡Pásale güerita! ¿qué le damos?, ¿qué va a llevar güerita? Le damos precio.



Cada mañana de mi infancia desperté con los sonidos del mercado: el choque de los fierros y la madera al armar los puestos en la madrugada, el golpe seco de los huacales contra el piso, los chiflidos y Los Bukis. Desde la ventana de mi habitación se permeaba el regocijo, y si me asomaba solo podía ver lonas de colores bajo los primeros rayos del sol.


Malinowski y de la Fuente[1], escribieron que el mercado posee un ritmo lento e intenso, premeditado y ordenado; su referencia eran los de los Valles de Centrales de Oaxaca, sin embargo, su descripción abraza también al de mi pueblo (el lugar donde nací y viví 18 años). Con sus puestos enfilados a cada lado de las calles, y al centro, la danza incesante de marchantes, entre ellos mi mamá.



Irene salía cada mañana con una canasta de mimbre apoyada en el brazo. Su primera parada era el puesto de churros, compuesto por una mesa de acero y un cazo lleno de burbujas de aceite, sobre el que el churrero dejaba caer con maestría una espiral de masa. Al lado, su esposa permanecía atenta a la salida de la fritura, para en seguida cortarla en bastones de unos 15 cm de largo, y luego, revolcarlos en azúcar. ¡Crash, crash! Un churro, dos, tres, cuatro, cinco y seis; apilados en una bolsa de papel, crujientes y calientitos.


Después seguía el puesto de jugos, gozoso y doloroso:


-Mami, el jugo de naranja hace que me duela el estómago, me arde.

-Te lo voy a pedir con zanahoria, pero te lo tomas porque te hace bien.


A veces la acompañábamos todas sus hijas, caminábamos pegadas a sus brazos, como garritas de gato en un estambre. Quizá por eso, en un afán de recuperar movilidad, añadía al pedido de jugos unas gelatinas con rompope (en bolsita con popote) que para comerlas debíamos hacer uso de ambas manos. La faena implicaba mucha concentración y destreza: apachurrar, sorber, apachurrar de nuevo sin desparramar el líquido, volver a sorber y aplastar el popote para deshacer los trozos de gelatina que se quedaban atorados.


En esos recorridos con mi mamá aprendí a palpar frutas y a elegir con cuidado los jitomates, a comparar precios y entablar conversación con quienes venían desde otros pueblos a vender: ¿hoy no trajo manzanilla?, ¿cuándo va a traer pinole?, para mañana apárteme dos kilos de papitas, ¿no me va a poner el pilón de zarzamoras? A veces nos daban ese puñito extra, y otras, parecían desilusionarse de lo que mi mamá pedía, preguntaban si no íbamos a querer algo más o por qué llevábamos tan poquito.


Pollo, res, cerdo, mariscos, verduras, frutas, hierbas, quelites, panes, tortillas, tostadas, tacos, tortas, quesadillas, tamales, corundas, ollas, comales, cucharones, platos, vasos, cerillos, delantales, pilas, cepillos, pomadas y hasta veneno para ratas. Todo cabe en el mercado, en ese desfile lento en el que observamos y nos observan. Hay sonrisas y muecas de disgusto, gritos y negociaciones en voz baja.


Los pasos son sordos, también el sonido de las manos. Ahí suenan el cuchillo sobre una tabla, el hervor del aceite que fríe tortillas y churros, el rechinido de la máquina de las tortillas, las bolsas de plástico que se abren y luego chocan unas con otras, pero sobre todo, la oferta de qué hay por aquí y qué hay por allá.


La música del puesto de discos asume un papel secundario, hace fondo a las voces protagónicas y solo pretende que la escuchen fuerte quienes a penas caminan por las calles cercanas, les grita: ¡ándele, venga, que todavía no se acaba!

[1] Malinowski, B. y De la Fuente, J. (1957). La economía de un sistema de mercados en México. Escuela Nacional de Antropología e Historia. México.

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