• Texto: Laura Páez; Foto: Irene Vázquez

Puertas cerradas y cortinas abajo

El confinamiento que durante las últimas semanas nos ha mantenido lejos de las calles, nos trajo muchas restricciones, las más duras son seguramente las que tienen que ver con la imposibilidad de tener contacto físico con nuestros afectos. Con afectos hablo por supuesto de amigos y familiares, pero también hablo de otro tipo de afectos, de los afectos que tienen que ver con lo que comemos. Hablo de todos aquellos lugares que, en mayor o menor medida, nos han dejado sabores y experiencias guardados en nuestra memoria.


Durante estos meses, la mayoría de los negocios de comida permanecieron cerrados, algunos de ellos mantuvieron una ventanita abierta para tener disponible el servicio para llevar o entregas a domicilio. Pero la realidad es que, a pesar de esas ventanas abiertas, el confinamiento nos limitó la posibilidad de disfrutar de tantos y tantos sabores, en pequeños puestos ambulantes, restaurantes, fondas o en los pequeños cafés de la colonia.


Restringir los placeres es una tragedia que se sumó a la que nos orilló a permanecer confinados (y que no hace falta abundar en detalles) pero más allá del placer gastronómico, la restricción nos quitó también la posibilidad de saludar a Miguelón los domingos de barbacoa, a la Güera que hace carnitas los fines de semana; a Licha, la mujer quien durante años nos ha recibido en su casa cuando tenemos antojo de pozole; a Pedro, el mesero del restaurante que nos sirve chocolate espumoso por las mañanas, desde hace tanto tiempo, que no es posible recordar con precisión la fecha exacta; y a tantas mujeres y hombres que han hecho de la gastronomía su camino y que lo han compartido con nosotros.


Hemos sido privados también de la algarabía, del rumor que nace de entre los comensales y da vida a las calles de cualquier lugar en el mundo. De los paisajes gastronómicos, esos que nos llenan los ojos de tacos, de tamales, de vitrinas llenas pan, de gorditas de chicharrón, de los elotes con mayonesa y chile, junto a los puestos de churros rellenos, y de tantos y tantos deleites que se disfrutan desde la mirada.


Pusimos en pausa la sensación que nos provocan los aromas, quizá del café tostado, quizá del pan recién horneado o de ese aroma tan particular que se desprende de maíz al primer golpe contra el comal caliente.


Volver a las calles nos regala la posibilidad de recuperar nuestros antojos, nuestros placeres, incluso de recuperar las emociones que surgen desde los sabores. Así que si, me llena de alegría ir recuperando todo aquello que había permanecido en pausa.

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