Un pretexto para comer

Hace unos días Juan Villoro fue galardonado con el premio Jorge Ibargüengoitia de Literatura por su trayectoria en la crónica literaria. Sobre éste se han generado varias opiniones tanto de detractores como de amantes de su escritura. A mí lo que me queda claro es que cuando escribe, rara vez deja la comida de lado. ¿Quién podría contar la vida en México sin hacer mención a los alimentos? “Hay países exóticos donde la comida se considera una necesidad o un placer. En México es un acto de jurisprudencia. Sólo sabemos que alguien nos contrata o que alguien nos quiere de verdad si lo dice mientras un bocado nos arde en la boca”1. 

 

 

En el libro ¿Hay vida en la tierra? Villoro recopila una serie de pequeños relatos que narran algunas de sus vivencias cotidianas, que rememora con un toque ocurrente. Éstas podrían parecer historias nimias pero en conjunto describen las similitudes con la vida de muchos mexicanos. Entre pasar la tiempo en el tránsito de la ciudad, el tener una reunión familiar o simplemente un evento que le sucedió mientras comía. Cualquier persona que conozca a un mexicano sabrá que nos encanta estar comiendo y más si es en compañía.

 

Comer es uno de los actos más comunes en nuestra vida, tanto que a veces le restamos importancia. Lo hacemos a diario con el fin de subsistir, de no sufrir y de continuar con nuestras actividades. Comemos una manzana, una pizza, unos tacos, un mole, un pozole, y si bien nos va, dentro de tres o cuatro horas volvemos a comer. Muchas veces no lo hacemos de manera consciente, y con ello no me refiero a todo lo que implica consumir un alimento (sustentabilidad, nutrición, poder adquisitivo, etc…) sino solamente al hecho de razonar que estamos ingiriendo algo. Como prueba de ello, es casi seguro que muy pocos recordamos los que comimos hace una semana, o hace unos días, a menos que esa comida haya traspasado nuestra “cotidianidad" y se haya convertido en algo emblemático.

 

Por otro lado, la acción de comer es una de las más individuales, porque somos los únicos que sabemos a qué sabe lo que estamos degustando. Probablemente tengamos similitudes con el compañero, pero la experiencia nunca será 100 % igual porque cada uno percibe de manera distinta, cada uno tiene su historia. Asimismo cada sabor o aroma de nuestra comida nos transporta (muchas veces) a un recuerdo distinto, a veces agradable, otras veces no, pero a fin de cuentas propio.

 

Eso no quiere decir que comamos solos, ya que en nuestro querer interactuar, solemos buscar con quién compartir esta actividad del día a día. Y cabe destacar que en México somos expertos en eso. Ya lo relataba Villoro: “El principal medio de comunicación de los mexicanos es la comida. El correo, el fax, el internet y la telefonía se consideran recursos preparatorios para llegar al guiso humeante. Eso sí, cuando la reunión dura menos de dos horas, se declara inexistente”1. Porque lo que importa es disfrutar de lo que se está comiendo, mientras se plática de las trivialidades de la vida.

 

Como mexicanos siempre buscamos el pretexto idóneo para comer en compañía. Ya sea una reunión entre amigos, con los compañeros de trabajo o una festividad nacional. ¿Qué sería de la celebración de Independencia sin el pozole, las tostadas o los chiles en nogada? Ni pensar en octubre y noviembre sin el pan de muerto o de ánimas. Y mejor no sigo porque Navidad, Año nuevo y los cumpleaños perderían todo sentido si no hubiera comida. Esto también está relacionado con todo lo que conlleva preparar los platillos y el hecho de tener que esperar a que llegue la temporada para cocinarlos, degustarlos y compartirlos. “Nuestros platillos representan un intrincado sistema de signos; no se trata de masticarlos y nada más, sino de tramitarlos con sabroso esmero”[1].

 

Es por ello que el hecho de comer solos en público puede llegar a ser mal visto, aunque nuestra vida tan rápida y sin “tiempo” nos obligue a realizarlo. “La comida rápida nos sume en la más aguda depresión. Comer de prisa es una derrota social. Pero hay algo que nos parece aún peor: comer a solas. Nos resistimos a ser los únicos inquilinos de una mesa y caer en la condición de los descastados que son vistos por los otros con cara de misericordia: “¡A su edad y sin nadie que lo acompañe!”. A pesar de eso, cada vez es más común ver a personas degustando una comida sin compañía, aunque muy certeramente con una que otra mirada de vez en cuando, por parte de los vecinos, debido a la sorpresa de que alguien se atreva a hacerlo.

 

Y es aquí dónde me pregunto, ¿qué sienten ustedes cuando comen sin compañía?

 

 

 

[1] Villoro, Juan, El teléfono es muy frío en ¿Hay vida en la tierra?, Almadía, México, 2013.

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