• Texto y Foto: Irene Vázquez Gudiño

El domingo. Allá en mi pueblo bonito


Los domingos comenzaban con atole negro, tamales de harina de trigo y carnitas. Era el único día de la semana en que no se cocinaba en casa. Mis padres se levantaban temprano para alcanzar cuerito, aldilla, buche y riñón en el puesto de carnitas. Al regresar a casa, orquestaban un ritual en el que las cuatro hijas teníamos un rol asignado: preparar el café, picar la fruta, hacer la salsa y recalentar la carne con un chorrito de agua y limón.


El atole negro era un asunto de suerte, porque a veces ya no había. Por varios años me acostumbré a llegar a la cocina y buscarlo entre las bolsas recién llegadas del mercado, hasta que murió Doña Nena y ya nadie en Tangancícuaro volvió a vender ese atolito espeso y dulce, que nos pintaba bigote y dejaba los dientes del color de la ceniza.


Al terminar el desayuno y rumbo al medio día, acompañábamos a mi abuela a su campo de cultivo. Ya cuando estábamos por llegar, bajábamos del auto y nos metíamos a correr entre los surcos de las parcelas vecinas. Esquivábamos brócolis, papas, chícharos, elotes, espigas de trigo y fresas chiquititas. Mi abuela cortaba granadas y duraznos. Renegaba de las frutas que estaban picadas por los pájaros, arrojándolas al suelo. Mi madre se sentaba en la sombra a preparar tostadas de jamón con crema. Nosotras pasábamos de correr en el lodo a chapotear en el agua del vallado, que es un canal que circunda las parcelas.


Por la tarde, regresábamos a casa a tomar un baño. Me enfundaba en un vestido ampón y floreado para ir a misa. Pero ahí no paraba mi esencia gusga y curiosa ¡al contrario! Moría de ganas por saber qué era esa oblea blanca que le daban a la gente en la boca. ¿A qué sabía?, ¿quién las hacía?, ¿por qué no las vendían en el mercado?, ¿por qué no todos la comíamos? Mis dudas no cesaban, hasta que un día, mi padre llegó a casa con una gran bolsa llena de los recortes sobrantes de este pan sin levadura. Mi felicidad fue inmensa.


El pan dulce de Pancho Fabián, los buñuelos, los chongos del portal, los burritos de “La Chaparra” y los elotes asados de “Las Mosquitas”; también están en mi memoria, invadiendo de olores la salida del templo e incrementando el apetito previo a la cena.


¡Ah, los domingos en temporada de lluvia! Esa que nos traía de regalo el petricor y el atole de grano. Dos de las especialidades que nos hacían feliz la infancia. Los elotes recién cortados, el anís regado por la lluvia y una pizca de harina de trigo para espesar, confabulaban en esta bebida verde y calientita. El atole se vendía afuera de las casas, ¡el de Zenobia era el más famoso! La fila siempre era larga.


Las horas del domingo se me iban escapando entre las comidas y el atole, la infancia también. ¿Que si me di cuenta? No lo sé. Quizá solo noté la ausencia de aquello que perdía de un instante a otro, como al atole negro, a Zenobia y a los dientes de leche.




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