• Natalia P.; Ilustración: Ciomar Lozano

La sinrazón del sabor

“La conciencia moderna tiende a otorgar a la distinción entre lo normal y lo patológico el poder de delimitar lo irregular, lo desviado, lo poco razonable, lo ilícito y también lo criminal. Todo lo que considera extraño recibe, en virtud de esta conciencia el estatuto de la exclusión.

M. Foucault



En un restaurante de mariscos una mesa está ocupada por 12 o 14 comensales, de entre 30 y 70 años, la mitad de ellos viste una camiseta blanca con un texto escrito, de primer momento no se puede leer. En cierto momento se vuelve evidente que la mitad de los comensales son una especie de tutor, mi atención se centra en una mujer con el cabello corto y castaño, pienso que tendrá 65 años, se levanta de su silla acompañada en todo momento, siempre mirando al suelo; junto a ella un hombre sostiene con los labios una pequeña rama de canela, la toma entre los dedos como si se tratase de un cigarrillo y se aleja para no molestar con el humo a los “no fumadores.” Los comensales que ocupan esta mesa solamente interactúan con el tutor, mientras comen pescado al ajillo, camarones a las brasas, pulpo en su tinta con arroz blanco y un caldo de camarón que es cortesía de la casa.


La gente a su alrededor los mira con curiosidad y temor, representan lo indeseable, ellos ya han definido el ámbito de la anomalía, de los trastornos de conducta que requieren intervención específica, sin darse cuenta de que tienen mucho en común. La mesa que ocupa la atención de la mayoría de los presentes está por irse, es entonces cuando en la camiseta se logra leer “Casa de recuperación mental.”


El ser humano clasifica el mundo para poder entenderlo, le da una estructura a lo incomprensible basado en lo que le es semejante, de esto podemos suponer por qué los “fantasmas” son representados como personas transparentes; trata de encajar lo no humano con lo humano.

Los elementos que corresponden a la fantasía y que no logran empatarse con lo conocido son desterrados del mundo establecido como "real", lo mismo ocurre cuando el “otro” no es semejante. Es desterrado simbólicamente quien “pertenece” a un distinto grupo “económico” “social” “cultural”, como si el valor de la vida dependiese de ello.


Aquel grupo de comensales, quienes han sido desterrados del parámetro de lo "normal" mantiene el contacto con lo “normal” a través de los sabores, a través del recuerdo que estos evocan, lo que hace soportable la realidad insoportable.



Natalia P.

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