• Natalia P.; Ilustración: Ciomar Lozano

Piel de Salmón



Los sabores logran revivir etapas de nuestra vida que ni la hipnosis podría hacer, son capaces de transmitir la máxima felicidad o una tristeza hasta la agonía. El Dr. Juvenal Urbino, personaje de “El amor en tiempos del cólera” del irremplazable Gabriel García Márquez le dice a su amigo Jeremiah de Saint-Amour: pendejo! Ya había pasado lo peor; Jeremiah ya estaba cubierto por una sábana, murió por emanaciones de cianuro, había determinado que nunca sería viejo, a los 60 años se quitaría la vida. ¿Es el amor o el desamor por la vida lo que puede llevar al suicidio? Jeremiah vivía con pasión, quería vivir, no sólo sobrevivir.


Quien alguna vez haya pensado en su propia muerte quizá se ha sentido angustiado o incrédulo, pensar en la propia muerte no es un ejercicio fácil. Con el objetivo de proteger su identidad, la llamaré “C”. Sorbía el café expreso, miró la taza y fue plenamente consciente de esa opresión en el pecho, era como si el oxígeno le faltase, miró por la ventana el cielo nublado y al mismo tiempo vio su propio reflejo.


El sabor del café la colocaba en medio de la alegría y la nostalgia, colocó la taza en la mesita de centro, caminó hacia la habitación, se recostó, se giró y en la misma posición del bebé que espera en el vientre el momento de nacer empezó a llorar.


“C” no podía dejar de llorar, la piel del rostro ya enrojecida, con la sensación de tener cortadas por toda la cara que duelen al contacto con el agua, el dolor en el pecho y la sensación de que en cualquier momento puede morir por esa tristeza tan grande, pensaba cómo sería el mundo sin ella, imaginó que todo sería igual, probablemente nadie notaría su ausencia, quizá dentro de muchos años alguien pensaría en ella, pero no podría saberlo.


Al fin de un rato, se levantó, fue al baño para lavarse la cara y miró sus ojos, pensó que no tenía proyectos, en realidad no había qué llenara la vida y le diera ese nombre “vida”; la pasión por esta estaba como recuerdo opaco, vivir sin pasión, es sólo sobrevivir.


Se sentó en el suelo del baño, pensó en qué sería más fácil, el cordón de la cortina, las pastillas para dormir o subir al último piso del edificio, deliberaba con ella misma cuando ya caminaba como ausente, vio una foto y una pequeña nota que decía: Te quiero mucho hermana PD. Yo también tía, cayó una sola lágrima, tomó el papel, lo releyó, miró el bote con las sobras de comida, vio la piel del pescado que no se había comido el día anterior y recordó esa voz infantil diciendo: ¿me regalas la piel? Es que me gusta mucho! Los labios se movieron, semejante a una sonrisa y pensó que por lo menos ese día tenía algo para vivir.

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