• Texto: Laura Páez; Foto: Ariel Ojeda

Entre Abejas


"Llegué a las abejas por error, pero cuando las conocí me enamoré de ellas, ellas nos dan tanto..."



Conocí desde muy pequeña, lo que mi madre llamaba “Miel de abeja”, aquella miel yo la relacionaba con la imagen de aquellos botecitos de plástico, llenos de miel blanquecina y espesa. Algunas veces, había que ponerla en baño maría para poder suavizarla. Mi madre siempre supo que esa era la “buena” por eso se abastecía de suficiente miel que le era ofrecida por aquel apicultor del pueblo. Cuando había suficiente suerte, mi madre compraba un pedazo de panal para poder comerlo como golosina. Masticar la cera hasta agotar la miel y volver a cortar otro trozo para llevarlo también a la boca, era una de los más grandes satisfactores que los niños de la familia podíamos tener. Con el tiempo, esa miel y los panales se hicieron cada vez más escasos, hasta que desaparecieron por completo.

Así que cuando tuve la fortuna de conocer a Don Nicolás, un apicultor experimentado, no dudé en pedirle que me permitiera conocer su trabajo. Desde nuestras primeras conversaciones, me cautivó la pasión con la que habla de su actividad y la admiración que siente por las abejas.


Si nosotros tuviéramos el diez por ciento de la organización que tienen las abejas, seríamos otra cosa”


Estar entre las abejas, sentirlas revolotear a mi al rededor, observar su organización, incluso la maravilla de verlas emerger de una celdilla, ha sido una de las experiencias más bellas que he tenido en la vida. Fue un gran descubrimiento, saber que en la Ciudad de México, exactamente en las montañas de Xochimilco, Milpa Alta y Tlalpan, existen aún apicultores, la mayoría venden la miel que producen en sus comunidades. Me sorprendió todo el cuidado que un apicultor responsable y entregado a sus abejas deposita en su actividad.


Mucho se ha dicho sobre las abejas, desde el punto de vista ambientalista sabemos que son un agente indispensable par la conservación de diversas especies animales y vegetales. Desde el punto de vista gastronómico, nadie cuestiona la aportación de las abejas al ámbito culinario.


Lo que si creo indispensable decir, es que para obtener miel, se requiere de mucho trabajo por parte del apicultor, pero también de las abejas.


Las colmenas deben ubicarse en una zona verde, lo suficientemente lejos de cualquier vivienda, de manera que los vecinos permanezcan seguros; las abejas deben disponer de un abrevadero que les proporcione agua y descanso. Para poder acercarse a las abejas es necesario rociarlas de humo, entiendo que las abejas ante el humo activan su instinto de supervivencia, se preparan para actuar en un incendio apresurando su comida para poder huir en el momento preciso, de manera que se protegen del fuego, no de las personas que ronden su colmena.

En cada colmena pueden haber en promedio 40,000 abejas, entre obreras, zánganos y una reina. En temporadas de frio, se reduce la disponibilidad de alimento, además de que las abejas se entumecen con el frio y no les es posible volar, lo que reduce sus probabilidades de vida.

La cosecha de la miel, se da principalmente entre los meses de octubre y diciembre. Las abejas construyen su panal antes de llenarlo con miel. Sorprende la exactitud y precisión geométrica con la que las abejas construyen cada celdilla, también llama la atención la organización con la que trabajan, para lo que forman largas cadenas. De cada colmena se pueden cosechar, según las condiciones en las que se encuentren, aproximadamente 67 kilos de miel de abeja. Según me explica don Nicolás, la consistencia de la miel, depende de la humedad que absorba el producto y de la temperatura ambiente. El frio afecta en gran medida incluso la extracción de la miel, porque puede suceder que la miel se cristalice aun estando en el panal.


Lo anterior me hace volver al recuerdo de la miel cristalizada que conocí y consumí siendo una niña, y pienso también en todos los "rumores" que existen acerca de la miel. Muchas veces he escuchado que la cristalización de la miel se explica como una adición de azúcar al producto, sin embargo la miel que permanece en estado viscoso de manera permanente o prolongada, es en realidad un jarabe resultado de una serie de procesos físicos y químicos. Detengámonos a pensar en que a pesar de la disminución de la población mundial de abejas, no ha disminuido ni la disponibilidad, ni el consumo de la miel, por lo tanto, preguntémonos qué clase de miel estamos consumiendo y si seguimos prefiriendo aquella miel liquida y cristalina.


Ojalá todos pudieran conocer esa sensación del panal en la boca, untar un trozo de pan con esa miel espesa, casi cristalizada, estoy segura de que quedarían cautivados por la miel y por las abejas.


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