• Natalia P.; Foto Adriana Flores

Menú para Navidad


Aún siendo noviembre, en los centros comerciales ya se exhiben decoraciones alusivas a navidad, en los centros de trabajo, se hacen planes para celebrar con los compañeros el fin de año, se comparten recetas para la cena de nochebuena y año viejo. En algunas comunidades tradicionalmente se cocina bacalao, romeritos con mole y tortitas de camarón, pavo relleno o un pollo rostizado con ensalada de manzana y nuez, sidra y ponche de frutas.


Las familias se reúnen, se extraña a los difuntos, se brinda por ellos y se olvidan por unas horas de las dificultades del año, son noches cargadas del sentido de unión y esperanza, como si en el aire hubiese un polvo mágico que llena las casas de amor capaz de difuminar los conflictos interpersonales. Sin duda son hermosos momentos.


La celebración adquiere otra connotación si hacemos una pausa y pensamos en los antecedentes de esta; filósofos como Nietszche o Sartre pensaron que las cosas no tienen un sentido en sí mismas, sino el sentido proviene de lo que les coloca el hombre, las palabras exactas las escribió el primer autor ya mencionado “hay cosas humanas, demasiado humanas”, es decir todo es una producción humana, el amor, la amistad, la empatía, etc.


Hace más de 2000 años apareció un hombre cuyo discurso dirigido a los marginados brindaba la esperanza de un paraíso, era el discurso de la igualdad fundamentada en el amor divino, el discurso que incomodó a la gente en el poder dio como resultado no sólo la sanción común en aquel tiempo, la crucifixión a un revolucionario que quería igualdad de condiciones para los seres humanos, sino también que se reforzara la virtud de soportar cualquier dolor por la espera de una recompensa mayor, el amor eterno de Dios.


Durante años los cristianos fueron perseguidos, era un grupo rebelde que saboteaba al poder. De una lucha social surgió una religión, actualmente desacreditada por acciones humanas que se han cometido escudados en nombre de Dios; bajo este historial, las fiestas de diciembre a enero se convierten en un sin sentido que produce vértigo; sin embargo al mismo tiempo asombra la capacidad de los seres humanos para sentir fe, para aceptar sin cuestionamiento alguno los lineamientos divinos; lo anterior propicia que millones de mexicanos se vuelven hermanos para las fiestas religiosas, eso sí es parte de la divinidad.


La magia de la navidad, frase trillada, debería consistir en reconocer que no hay un mundo ideal, místico, sólo un mundo humano y con ello plural, en donde valemos lo mismo solamente por ser humanos y en consecuencia actuar bajo cualquiera de estas dos premisas, religiosamente “tratar al otro como quiero que me traten” o Kantianamente “actuar de modo que lo que haga sea válido en cualquier tiempo y espacio”, con el claro objetivo de vivir en un mundo, en un país más justo, en donde los niños sean protegidos, amados, respetados; en donde la educación, la salud, la comida sea un derecho, no un lujo, un país en donde la navidad dure todo el año, en donde la mesa esté lista para compartir, con romeritos, bolillos recién salidos del horno, dulce de calabaza y ponche caliente, un exquisito menú para navidad. Mientras la gente sonríe y alguien pregunta: ¿ya rompemos la piñata?

Natalia P.

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